La ambición del creyente

[La] Ambición es una palabra que no escuchamos con frecuencia en el contexto de la iglesia. El giro que el mundo le da al concepto es decididamente egocéntrico, que a menudo no es más que un velo delgado del orgullo y la codicia. Pero a pesar del uso y abuso que se le da a la palabra en los círculos seculares, los cristianos están destinados a vivir una vida de ambición.

Específicamente, el pueblo de Dios debe tener el tipo de ambición que el apóstol Pablo describe en 1 Corintios 4:1–5. Escribe: "Que todo hombre nos considere de esta manera: como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.... el que me juzga es el Señor... [y] cada uno recibirá su alabanza de parte de Dios".

La ambición de Pablo era simple y directa: quería agradar al Señor. Para los creyentes, no hay un propósito más elevado en nuestras vidas que glorificar y complacer a nuestro Padre celestial.

Pero si vas a complacerlo, primero debes saber lo que le agrada a Él. La ambición del creyente no es simplemente un vago e ignorante deseo de hacer feliz a Dios. Comienza con las Escrituras y la revelación de su voluntad para nuestras vidas. La Palabra de Dios nos da una visión abundante de lo que agrada al Señor. Y a través de nuestro estudio fiel de la Palabra, el Espíritu Santo desarrolla convicciones que guían nuestro comportamiento y, a medida que incrementan, se convierten en la pasión y el deseo que impulsa nuestros corazones.

El tipo de ambición que Pablo describió no es una búsqueda fugaz -no es una resolución sin entusiasmo, que resucitamos por un mes o dos al estrenar calendario cada año.  Complacer a Dios es la meta por la que debemos luchar cada momento de cada día.

La ambición mundana pone el énfasis en lo que el hombre quiere lograr y acumular para sí mismo. Pero la epístola de Santiago nos recuerda la inutilidad de tales búsquedas. "Oíd ahora, los que decís: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia. Sin embargo, no sabéis cómo será vuestra vida mañana. Sólo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debierais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestra arrogancia; toda jactancia semejante es mala. A aquel, pues, que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado". (Santiago: 4:13-17) 

El pueblo de Dios sabe que "lo bueno" es dejar de lado esas metas temporales y egoístas y ceder a la voluntad del Señor, dedicar nuestras vidas a agradarle a Él, en lugar de complacernos a nosotros mismos.

Yo no sé lo que el Señor tiene para mi futuro, ninguno de nosotros lo sabe. Pero sé lo que Él tiene para mi presente y lo que quiere de mi vida. Y sé lo que le agrada porque sé lo que Él ha declarado en Su Palabra.

Es más, yo sé que un día estaré ante el Señor y daré cuenta de lo que hice con mi vida. Y recibiré una recompensa eterna por el servicio prestado a Él, no con un deseo de elevarme a mí mismo, sino de un corazón que intenta agradarle a Él.

Cuando pienses en tu vida, piensa en esos términos simples. ¿Qué quiere Dios de ti? ¿Cómo puedes complacerlo a Él con cada pensamiento, con cada palabra y con cada acción? Y a la luz del conocimiento de que algún día estarás delante de Él, ¿cómo deberías vivir hoy?


John MacArthur
De “The Believer’s Ambition,” 2014.


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