Por John MacArthur
Instruye a los jóvenes a que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna..
1 Timoteo 6:18-19
Al concluir su primera epístola a su amado hijo en la fe, Timoteo, el apóstol Pablo explica que la forma en que los creyentes manejan sus tesoros es una medida de su madurez espiritual y su devoción a Cristo. Todos los creyentes son administradores, a quienes se les ha dado la responsabilidad de proteger y administrar lo que el Señor les ha confiado.
En el capítulo seis, versículos 18-19, el apóstol Pablo ofrece cuatro frases que definen esa mayordomía: cómo deben usar los creyentes sus recursos para satisfacer las necesidades de los demás.
En primer lugar, Pablo exhorta a Timoteo a instruir a la iglesia para que haga el bien. La frase en griego significa «hacer lo que es inherente, intrínseco y cualitativamente bueno» y se refiere a hacer lo que es noble y excelente, no lo que es solo superficialmente bueno. Describe el aspecto más general del deber: usar el dinero para hacer cosas genuinamente buenas y nobles.
El segundo aspecto estrecha aún más el deber. Deben ser ricos en buenas obras. Dios no quiere que la riqueza material se acumule o se reparta con moderación. La palabra clave es «ricos», que significa «abundantes» o «abundantemente provistos». La riqueza material debe utilizarse para realizar buenas obras en nombre de los demás. Los recursos de los creyentes deben utilizarse para mantener a sus propias familias (1 Timoteo 5:8), especialmente a las viudas necesitadas (1 Timoteo 5:4). También hay que proveer para los líderes de la iglesia (1 Timoteo 5:17) y cualquier creyente necesitado (Hechos 4:34-35). Y todo ese compartir no debe ser mínimo, sino cubrir plenamente la necesidad y más allá.
Una tercera frase acentúa aún más el enfoque del apóstol, ya que se centra en el motivo. Al satisfacer las necesidades de los demás, los que tienen dinero deben ser generosos. La palabra significa «abundante». El deber implica satisfacer las necesidades de los demás más allá de lo mínimo, y eso requiere un corazón generoso y desinteresado. Los creyentes deben actuar hacia los demás con el mismo amor generoso que movió a Dios a actuar tan ricamente hacia ellos. Al igual que los macedonios elogiados por Pablo en 2 Corintios 8:1-4, deben dar con sacrificio, desde un corazón abierto y sin restricciones.
La frase final afirma que el deber de los ricos es estar dispuestos a compartir. La palabra koinonikos («dispuesto a compartir») deriva de la palabra común del Nuevo Testamento para hermandad, koinónia, y significa «benéfico». Dar a los demás no debe hacerse de manera fría y distante. Más bien, debe haber un cuidado y una preocupación mutuos que surjan de la vida común que comparten los creyentes.
Pablo exhorta a los creyentes a considerar el resultado final de manejar adecuadamente los tesoros. Al compartir sus tesoros terrenales con los demás, están acumulando para sí mismos el tesoro de una buena base para el futuro. Los creyentes no deben preocuparse por obtener un rendimiento de su inversión en esta vida. Los que acumulan tesoros en el cielo se contentarán con esperar a recibir sus dividendos en el futuro, cuando lleguen al cielo.
Los que invierten en la eternidad demuestran que han alcanzado lo que es verdaderamente la vida. La vida real, la vida verdadera, es la vida eterna. Los cristianos deben vivir sus vidas a la luz de la eternidad. Por eso el Señor Jesucristo dijo en Lucas 16:9: «Haced amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando estas falten, os reciban en las moradas eternas». Los cristianos deben invertir su dinero en las almas de los hombres y mujeres que estarán allí para recibirlos y darles las gracias cuando lleguen al cielo.